Fátima Farías
PERIODISTA
Las crónicas suelen detenerse en la muerte de Facundo Quiroga, “El Tigre de los Llanos”, una de las figuras más influyentes del escenario político y social de su tiempo. En cambio, el asesinato de José Santos Ortiz —clave en la historia de San Luis— rara vez ocupa ese mismo lugar en el relato histórico.
Ganadero, militar y político, Ortiz alcanzó el grado de coronel y fue comandante de las milicias de Renca. Gobernó San Luis en los primeros años de la vida independiente y dejó su marca en una etapa atravesada por luchas internas y enfrentamientos armados permanentes.
Su última misión lo encontró junto a Quiroga, a quien asesoraba en un intento de pacificar el norte argentino por encargo de Juan Manuel de Rosas. El país atravesaba una profunda convulsión: los enfrentamientos entre unitarios y federales amenazaban con escalar, especialmente en el norte del territorio.
El clima de violencia no tardó en agravarse. El gobernador de Salta, Pablo Latorre, fue detenido y asesinado en su celda. Poco después, en Santiago del Estero, el gobernador Felipe Ibarra le transmitió a Quiroga los rumores que circulaban: los hermanos Reynafé, hombres fuertes de Córdoba, planeaban interceptar su viaje de regreso a Buenos Aires para asesinarlo y así consolidar su dominio regional.
Pese a las advertencias, Quiroga decidió continuar el viaje. La decisión lo condujo a la emboscada de Barranca Yaco, donde fueron asesinados él, Ortiz y toda la comitiva que los acompañaba.
Mucho antes de ese final, Santos Ortiz había sido protagonista de los primeros años institucionales de San Luis. Gobernó la provincia entre 1821 y 1826, cuando la región dejaba atrás su condición de ciudad-cabildo para consolidarse como provincia autónoma.
Durante su mandato debió enfrentar la amenaza del caudillo chileno José Miguel Carrera, que intentó invadir la región puntana. Con escaso armamento y apenas 500 milicianos, Ortiz salió a su encuentro. Carrera lo superó en recursos y tropas, logrando la invasión. Ambos se enfrentaron en Las Pulgas, en el paso del río V, en la actual Villa Mercedes.
Fue en esos años cuando comenzó su vínculo político con Quiroga, a quien acudió en busca de apoyo. Para 1834, Ortiz fue designado secretario general del caudillo riojano en la misión de pacificación encomendada por Rosas.
Aun con la certeza de que existía un plan para asesinar a Quiroga, decidió acompañarlo en el regreso. Tenía 50 años cuando fue asesinado. Sus restos descansan en Renca, la localidad donde había nacido en 1784.
Autores intelectuales del crimen
Los hermanos Reynafé mantenían una larga disputa con Quiroga por el control político y territorial de Córdoba. La intención del caudillo riojano de colocar a la provincia bajo su órbita amenazaba directamente el poder de la familia en la región.
En la época circularon versiones que señalaban que los Reynafé habrían contado con la protección o el conocimiento del gobernador santafesino Estanislao López, quien también mantenía tensiones políticas con Quiroga. Estas sospechas formaron parte del clima político posterior al atentado, aunque nunca quedaron plenamente demostradas. Tras años de conflictos, los hermanos ejecutaron el plan del atentado, que fue consumado por el capitán Santos Pérez.
El impacto político del crimen fue inmediato. Rosas ordenó la captura de los responsables. El teniente coronel Guillermo Reynafé fue detenido mientras se ocultaba en un bosque: llevaba consigo las pistolas que Quiroga portaba al momento de morir.
Santos Pérez también permaneció escondido. En un encuentro posterior, Reynafé intentó envenenarlo al entregarle las pistolas y un poncho que había quitado a Quiroga.
La reacción de Rosas fue contundente. Más de 60 personas fueron detenidas y acusadas de “lesa patria” por la muerte del representante de Buenos Aires en misión oficial para pacificar el interior. Muchos fueron fusilados frente al Cabildo; otros recibieron severas condenas. Francisco Reynafé logró fugarse tras su captura.
Antes de ser ejecutado, Santos Pérez lanzó un grito que atravesó la historia: “¡Rosas es el asesino de Quiroga!”.







