La familia Parra sostiene la producción de miel con más de cinco mil colmenas en movimiento

Desde Unión, una de las principales familias apícolas de San Luis lleva adelante una compleja estrategia productiva basada en la trashumancia, la planificación y la resistencia frente a las dificultades climáticas y económicas.
8 de febrero de 2026

Con más de cinco mil colmenas trasladándose entre provincias, cientos de kilómetros recorridos cada temporada y una rutina marcada por el esfuerzo constante, la familia Parra, radicada en la localidad de Unión, vuelve a ratificar que la apicultura en San Luis es mucho más que una actividad económica. Se trata de un modo de vida que combina tradición, planificación estratégica y una fuerte vocación de superación frente a un contexto productivo cada vez más desafiante. En el universo apícola, las campañas no se miden únicamente por la cantidad de miel obtenida.

Los resultados también dependen de decisiones estratégicas tomadas con precisión, de madrugadas dedicadas a la carga y descarga de colmenas, de largas travesías por rutas del país, del comportamiento imprevisible del clima y de la perseverancia para sostener la actividad incluso cuando los márgenes económicos se reducen. La experiencia reciente de la familia Parra sintetiza esa realidad que atraviesa a buena parte del interior productivo argentino.

Juan José Parra describe a Todo Un País el proceso con la tranquilidad que otorgan los años de experiencia y la sinceridad de quien convive con las complejidades del rubro. Para la familia, la campaña apícola comienza mucho antes de la cosecha. El ciclo arranca en agosto, cuando las colmenas parten desde San Luis hacia San Rafael, Mendoza, para participar en tareas de polinización en fincas dedicadas a la producción de ciruela y durazno.

“En agosto empezamos a ingresar a Mendoza con unas 4.700 colmenas”, explica Parra. Esta etapa cumple una doble función: prestar servicios de polinización y, al mis mo tiempo, fortalecer el desarrollo de las colmenas para la temporada productiva posterior.

Durante la última campaña, las condiciones climáticas resultaron favorables. Las temperaturas moderadas permitieron aprovechar adecuadamente las floraciones, generando colmenas con buena población y óptimo estado sanitario. Superada esa primera fase, el siguiente objetivo fue el norte cordobés, una de las principales zonas melíferas del país. El 28 de septiembre comenzó el traslado hacia Cruz del Eje, con el arribo inicial de 512 colmenas. Sin embargo, el inicio del aprovechamiento floral se retrasó debido a un desfase en los tiempos de floración, lo que obligó a readecuar la logística.

A pesar de esas dificultades, el traslado se concretó con notable eficiencia. En apenas nueve días, la familia Parra logró movilizar 4.300 colmenas. Ocho equipos de transporte completaron la tarea en ocho jornadas consecutivas, mientras que un último chasis cerró el operativo.

“Fue un movimiento rápido y preciso, y eso nos dejó muy conformes”, recuerda Parra. Las expectativas eran altas, impulsadas por una abundante floración de algarrobo, que históricamente representa una fuente clave de néctar. Sin embargo, el panorama cambió abruptamente durante la primera semana de octubre.

El descenso de las temperaturas y la presencia de vientos intensos afectaron el desarrollo de la floración. El algarrobo no alcanzó su potencial productivo y, posteriormente, el mistol ofreció una floración aceptable, aunque insuficiente para compensar las pérdidas. La inestabilidad climática volvió a demostrar su fuerte impacto en la apicultura.

Aun en ese escenario adverso, la campaña cerró con una producción cercana a los 86.700 kilos de miel, con rindes promedio de entre 20 y 21 kilos por colmena.

“En monte natural esos números no son malos”, analiza el productor. Sin embargo, advierte que la rentabilidad no depende exclusivamente del volumen obtenido.

El esquema productivo implica costos elevados. El desarrollo inicial en Mendoza, el traslado de más de 800 kilómetros hasta Córdoba, la logística, el combustible y la mano de obra conforman una estructura compleja que presiona los márgenes económicos, especialmente en un mercado donde el precio de la miel todavía no logra acompañar plenamente la evolución inflacionaria.

“La miel estuvo mucho tiempo estancada. Si bien ahora mejoró, todavía no alcanza niveles que permitan una rentabilidad sólida”, sostiene Parra.

Frente a ese contexto, la estrategia en noviembre fue acelerar la cosecha y regresar rápidamente a San Luis para aprovechar las condiciones ambientales locales. En el norte cordobés, la familia logró extraer hasta 1.700 alzas diarias, un ritmo de trabajo intenso que permitió retornar a Unión y al departamento Dupuy en el momento oportuno.

Las lluvias registradas durante octubre y noviembre favorecieron el desarrollo de la flora regional, generando una entrada temprana de néctar. Actualmente, las colmenas ubicadas en San Luis presentan un promedio estimado de 20 kilos de miel, con perspectivas positivas, aunque el avance del calor podría ralentizar la producción si no se registran nuevas precipitaciones.

La familia Parra no solo logró sostener las 4.300 colmenas trasladadas al norte, sino que además incorporó 300 unidades que permanecieron en Mendoza para recambio genético y sumó 780 núcleos que ya se transformaron en colmenas productivas. De esta manera, el plantel actual alcanza las 5.380 colmenas, prácticamente el mismo nivel que la temporada anterior. “Venimos de años muy complicados y mantener el número de colmenas ya representa un logro importante”, remarca Parra.

En paralelo, el mercado internacional comienza a ofrecer señales de recuperación. Durante los últimos meses, la aplicación de altos aranceles por parte de Estados Unidos a países productores como Brasil generó una oportunidad comercial para la miel argentina. En la región, los valores actuales rondan los 2.550 a 2.600 pesos para miel oscura y superan los 2.700 pesos para miel clara, dependiendo de los contratos comerciales. Aunque el incremento supera el 68%, los productores consideran que todavía resulta insuficiente.

“La actividad sufrió mucho en los últimos tres años. La inflación avanzó más rápido que el precio de la miel”, explica el apicultor. Además, recuerda que la campaña anterior fue especialmente compleja en el sur puntano, con rindes promedio que apenas alcanzaron los 13 kilos por colmena.

El objetivo de la última temporada, entonces, no estuvo centrado en expandir la producción, sino en sostener la estructura existente y garantizar la continuidad de la actividad. Hoy, con mejores perspectivas productivas y precios en recuperación, la familia proyecta un escenario más alentador.

“Ojalá que en marzo podamos cerrar la temporada con buenos promedios y que el precio supere los 3.000 pesos. Recién ahí podremos pensar en crecer”, anticipa Parra.

Más allá de la realidad particular de su empresa familiar, el productor también analiza el presente del sector apícola provincial. Reconoce avances impulsados por el Gobierno de San Luis, como la conformación de mesas sectoriales y la implementación de líneas de financiamiento del Consejo Federal de Inversiones (CFI), que permiten acceder a créditos con tasas accesibles. “Nosotros pudimos tomar uno y estamos muy agradecidos”, destaca.

No obstante, advierte que persisten desafíos estructurales. La falta de ordenamiento del sector, la ausencia de registros completos y la necesidad de contar con un referente apícola provincial son temas pendientes. En departamentos como Dupuy, Quines y Candelaria, donde el monte nativo atrae a productores de distintas provincias, el descontrol genera conflictos vinculados a la identificación de colmenas, robos y escaso aporte al desarrollo local.

“Es un tema que hay que trabajar. Va a llevar tiempo, pero creemos que se puede avanzar”, afirma. Parra también plantea la necesidad de una autocrítica dentro del propio sector. Señala que muchos apicultores aún operan fuera del sistema formal, lo que limita su acceso a programas de asistencia y financiamiento. “Para crecer, primero tenemos que ordenarnos”, concluye.

La historia de la familia Parra resume el espíritu de la apicultura puntana: productores que planifican cada campaña con precisión, que recorren grandes distancias siguiendo el calendario de floraciones y que, incluso en los momentos más complejos, eligen seguir apostando por la actividad. Porque detrás de cada kilo de miel no solo hay dulzura, sino también esfuerzo, constancia y un profundo compromiso con el desarrollo productivo de San Luis.

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