gunda actividad del ciclo de charlas “San Luis en diálogo”, una propuesta abierta para reflexionar sobre la identidad, la memoria y la historia de la ciudad. El encuentro tuvo lugar en el Centro Cultural José La Vía y contó con la exposición del profesor Néstor Menéndez.
Durante la charla, Menéndez retomó una de sus investigaciones más conocidas: la tesis que pone en discusión la fundación tradicional de San Luis atribuida a Luis Jufré en 1594 y propone revisar el papel del gobernador de Chile Tomás Marín de Poveda, quien en noviembre de 1691 habría organizado el trazado urbano y las bases materiales de la ciudad.
Todo Un País recrea en sus páginas el desarrollo de esta disertación, realizada en el marco del ciclo.
El siguiente texto corresponde a una versión editada de la conferencia brindada por el investigador y divulgador histórico Néstor Menéndez. La transcripción conserva el contenido y el espíritu de la exposición original, con ajustes de extensión y de estilo destinados a facilitar su lectura periodística.
Les agradezco mucho la presencia. Venimos con un tema que hemos tratado muchas veces desde 2017, cuando apareció el trabajo que seguramente muchos de ustedes ya conocen. Vamos a volver una vez más sobre la verdadera fundación de San Luis.
Aquel trabajo planteó una tesis según la cual la ciudad tiene otro origen. Hasta ahora, creemos que no ha aparecido ningún posicionamiento de fondo ni ningún trabajo de investigación que haya intentado rebatir esa hipótesis: que San Luis procede de la acción del gobernador de Chile Tomás Marín de Poveda, quien en noviembre de 1691 pasó por estas tierras, decidió constituir un centro urbano, realizar un traza do y adoptar medidas destinadas a dejar establecida una ciudad como correspondía.
La investigación llevó varios años. La edición de 2017 fue resultado de seis o siete años previos de trabajo. La duda surgió cuando yo tenía la inquietud de escribir un trabajo breve sobre uno de los personajes mencionados como fundador: Andrés Fuenzalida y Guzmán.
Los historiadores más antiguos, y también otros más recientes como Urbano J. Núñez, lo presentaban como una de las figuras principales de la fundación y de los primeros momentos de la ciudad. Mi intención era elaborar una pequeña biografía que permitiera conocer mejor a uno de aquellos hombres.
Con las nuevas herramientas disponibles —acceso a archivos por internet, consultas remotas y materiales antes difíciles de conseguir— inicié la búsqueda. Partía de una premisa que no cuestionaba: creía que Fuenzalida y Guzmán había sido uno de los fundadores y que había vivido en San Luis. Sin embargo, los resultados comenzaron a mostrar otra realidad.
El primer dato relevante fue descubrir que Andrés Fuenzalida y Guzmán vivía en Santiago de Chile. Residía frente a la plaza principal, en una de las esquinas más importantes y valiosas de la ciudad. Continué investigando y encontré que siguió viviendo allí durante toda su vida. Poseía viñedos, figura entre los primeros productores vitivinícolas del sur de Chile y desarrolló diversas actividades económicas.
Sin embargo, en los registros aparecía una referencia decisiva: era encomendero de San Luis. Entonces surgió la pregunta inevitable: si vivía en Santiago de Chile, si desarrollaba allí toda su actividad económica y si nunca se radicó en estas tierras, ¿cómo podía ser considerado fundador de San Luis? Allí nació verdaderamente esta investigación.
Los supuestos fundadores
Los historiadores tradicionales habían elaborado distintos relatos sobre la fundación. Todos ellos coinciden, en líneas generales, en señalar un grupo de entre 28 y 30 personas que habrían acompañado a Luis Jufré en la fundación de la ciudad. Empecé a buscar, uno por uno, a esos supuestos fundadores. Y los resultados fueron sorprendentes.
Lo primero que apareció fue que varios tampoco se habían radicado en San Luis. Algunos estaban establecidos en Mendoza y luego regresaron allí. Otros residían en San Juan y volvieron a esa ciudad. A varios directamente no lograba encontrarlos. Aquello resultó una verdadera decepción desde el punto de vista de la hipótesis tradicional. Porque si estas eran las personas que habían venido con Jufré para fundar la ciudad, ¿cómo era posible que prácticamente ninguna hubiera permanecido aquí?
Aquella expedición estaba integrada por hombres armados, hombres de guerra. En teoría, venían a establecer una ciudad. Además, eran considerados encomenderos, es decir, personas que recibían beneficios otorgados por la Corona, entre ellos la asignación de indígenas bajo el sistema de encomienda. En aquella época, los vecinos de una ciudad no eran habitantes comunes: para formar parte de su estructura dirigente era necesario poseer cierto estatus, y los encomenderos constituían el núcleo de esa organización.
Por eso comprobar que la mayoría no permaneció en San Luis resultaba tan significativo. Con esos antecedentes comenzamos a revisar nuevamente los nombres, uno por uno. Y fue entonces cuando advertimos que el archivo fundamental para avanzar no estaba en San Luis.
El trabajo en los archivos
De aquella investigación surgió con claridad que el principal repositorio documental era el Archivo Histórico de Mendoza. En San Luis prácticamente no existía documentación de esos años. Para avanzar era necesario trasladarse a Mendoza. Así comenzaron mis viajes semanales. Durante más de un año realicé alrededor de quince viajes a Mendoza dedicados exclusivamente a revisar documentación.
Uno de los mayores problemas para realizar investigaciones de este tipo es que gran parte de la documentación está escrita en castellano antiguo. Son textos producidos hace más de cuatrocientos años, con abreviaturas constantes y formas lingüísticas que ya no existen. En muchos casos, una sola página puede demandar horas o incluso días de trabajo.
Muchas veces la gente se pregunta por qué los historiadores anteriores no avanzaron sobre determinados temas. Una explicación posible es precisamente esta dificultad. Sin embargo, cuando comenzamos a revisar sistemáticamente los archivos, ocurrió algo inesperado: los historiadores tradicionales sostenían que existía muy poca documentación sobre los primeros tiempos de San Luis, pero en Mendoza encontramos muchísimo material.
Había documentos, expedientes, referencias administrativas, registros judiciales y una enorme cantidad de información que permitía reconstruir aspectos de la historia regional que hasta entonces habían permanecido prácticamente inexplorados. A partir de allí comenzaron a aparecer las pruebas que, según nuestra interpretación, ponían en cuestión la fundación tradicional de 1594.
A medida que avanzábamos en el análisis de los documentos, fue quedando cada vez más claro que la gran mayoría de las personas que habían acompañado a Luis Jufré no se radicaron en San Luis. Regresaron a los lugares de donde provenían.
A partir de esa constatación elaboré el primer trabajo que presenté públicamente, en unas jornadas realizadas en Merlo, alrededor de 2015, con el título Los supuestos fundadores de San Luis. Ese trabajo planteaba una pregunta fundamental: ¿podían considerarse verdaderos fundadores quienes no habían permanecido en el lugar ni contribuido a la formación de una comunidad estable?
Si quienes debían poblar la ciudad no se quedaron, entonces la cuestión ya no era determinar quiénes habían participado de una expedición fundacional, sino preguntarse si realmente había existido una ciudad. Porque una ciudad puede tener normas, instituciones, edificios, autoridades, títulos jurídicos y disposiciones administrativas. Pero existe un elemento esencial sin el cual no puede hablarse verdaderamente de una ciudad: los pobladores.
Tomé como referencia mínima la existencia de doce encomenderos radicados de manera efectiva en el lugar. Y eso es precisamente lo que no pudo comprobarse. No se pudo demostrar que existieran esos pobladores permanentes ni una comunidad estable capaz de sostener las instituciones propias de una ciudad.
Los años han pasado desde la publicación del libro y, hasta donde conozco, nadie ha presentado documentación que permita refutar este punto. Nadie ha podido demostrar la existencia de esos vecinos permanentes ni reconstruir una población estable que justifique la existencia efectiva de la ciudad fundada por Luis Jufré.
Incluso hubo personas que yo mismo no había logrado localizar durante la investigación inicial. De los aproximadamente veintiocho nombres que figuraban en los listados tradicionales, había tres que seguían siendo una incógnita. Cuando finalmente tuve la oportunidad de trabajar en el Archivo de Córdoba, encontré a esas tres personas.
Entre ellas estaba Rodríguez de León, a quien algunos historiadores tradicionales presentaban como el principal funcionario que Jufré habría dejado en San Luis. Sin embargo, la documentación mostraba otra realidad: Rodríguez de León aparecía desempeñándose como secretario del gobernador de la jurisdicción de Santiago del Tucumán, cuya sede se encontraba en Santiago del Estero. Es decir, tampoco estaba radicado en San Luis.
Lo mismo ocurrió con los otros dos nombres. También se encontraban fuera de la región.
Luis Jufré bajo revisión
Durante generaciones se nos ha presentado a Luis Jufré como el fundador de San Luis. Sin embargo, cuando uno analiza la documentación histórica, aparece una imagen diferente. Luis Jufré era un hombre joven. Hacía relativamente poco tiempo que había alcanzado la mayoría de edad cuando recibió la misión que lo trajo a esta región. Y los documentos muestran intereses económicos muy concretos vinculados a su actuación.
Lo que encontramos en los archivos indica que, una vez distribuidas las encomiendas, numerosos indígenas fueron trasladados rápidamente hacia Chile. Las pruebas documentales de esos movimientos existen y se encuentran principalmente en archivos chilenos.
Uno de los documentos que reproduzco en el libro corresponde a un vecino de Mendoza llamado Cepeda, propietario de varias encomiendas y poseedor de una importante posición económica. En ese documento, Cepeda otorga poder a Luis Jufré para administrar indígenas que serían trasladados a Chile, alquilarlos y gestionar las rentas derivadas de ese trabajo. Su importancia radica en que permite observar que la actuación de Jufré estaba vinculada a intereses económicos concretos.
Por supuesto, cada lector podrá sacar sus propias conclusiones. Pero para mí constituye una evidencia significativa de que las motivaciones económicas tuvieron un peso considerable en todo este proceso. Por eso sostengo que la imagen idealizada que tradicionalmente se ha construido sobre Luis Jufré no coincide plenamente con lo que muestran las fuentes documentales.
Y entonces surge la pregunta inevitable: si Luis Jufré no fundó efectivamente la ciudad, o si la fundación que intentó impulsar no logró consolidarse, ¿quién fue realmente el fundador de San Luis? La respuesta conduce a Tomás Marín de Poveda.
Los intentos fallidos
Mi planteo no consiste simplemente en afirmar que Luis Jufré no fundó la ciudad. También sostengo que, después de él, hubo otras personas que intentaron establecer un núcleo urbano en esta región.
No puede discutirse, por ejemplo, que La Guardia de Berberana procuró levantar una ciudad hacia 1643. Existen elementos suficientes para reconocer que realizó esfuerzos concretos en esa dirección. Pero una cosa son las intenciones y otra los resultados.
Lo que sostenemos es que aquella experiencia no logró consolidarse. La ciudad que intentó establecer no consiguió sostenerse en el tiempo. Y esto permite comprender mejor el escenario que encontró Tomás Marín de Poveda décadas más tarde: cuando él llega a esta región, las autoridades españolas ya sabían que aquí no existía una ciudad consolidada.
Tomás Marín de Poveda y la fundación de 1691
Tomás Marín de Poveda era gobernador de Chile. Cuando fue designado para asumir el cargo, emprendió el viaje hacia su jurisdicción atravesando estas tierras. Durante ese recorrido pasó por la región de San Luis y observó una situación ya conocida por las autoridades coloniales: aquí no existía un centro urbano propiamente dicho.
Había población dispersa, estancias, tránsito comercial y actividad económica, pero no una ciudad en el sentido que se entendía entonces. Por eso tomó una decisión que considero fundamental: decidió fundar la ciudad.
Y cuando hablo de fundar, me refiero a sentar las bases materiales e institucionales de una comunidad urbana. Eso implica ubicar población en un lugar determinado, realizar un trazado, organizar espacios públicos, establecer normas básicas de funcionamiento y crear condiciones para una comunidad estable. Todo eso fue lo que hizo Marín de Poveda.
Existen diversos documentos que respaldan esta interpretación. Entre ellos figura el informe que el propio gobernador elevó al rey una vez llegado a Chile. Allí explica que encontró las viviendas dispersas a lo largo del camino, separadas unas de otras por varios kilómetros. No existía una concentración urbana. Frente a esa situación, informa que dispuso el trazado de calles, la delimitación de espacios públicos y la organización de una plaza principal. Es decir, describe acciones concretas orientadas a crear una ciudad.
La fecha clave es el 15 de noviembre de 1691. Sabemos, además, que permaneció varios días en la región. Durante ese tiempo se realizaron las tareas necesarias para organizar el nuevo asentamiento. Según nuestras estimaciones, el trazado inicial habría comprendido unas veinticinco manzanas, siguiendo criterios semejantes a los utilizados en Mendoza y San Juan. La plaza principal habría estado ubicada muy cerca del río, en el espacio que hoy identificamos con la Plaza Independencia.
Allí se reservaron solares para el Cabildo, para las instituciones religiosas y para los principales vecinos. Entre esas adjudicaciones aparece un dato particularmente interesante: se entregó una manzana completa al personaje que por entonces concentraba mayor influencia económica y política en la región, Andrés de Toro Mazote. Estamos hablando de la manzana donde posteriormente funcionaron la Casa de Gobierno, el Archivo Histórico y otras instituciones públicas.
Toro Mazote era un personaje de enorme relevancia dentro de las redes económicas que vinculaban esta región con Chile. Controlaba importantes actividades ganaderas y participaba activamente en el comercio de animales que atravesaban la cordillera. Estos detalles permiten observar que la fundación impulsada por Marín de Poveda no fue un simple acto simbólico, sino una estrategia concreta de organización territorial.
La Punta y San Luis
Si yo sostengo que durante buena parte de ese período no existió una ciudad propiamente dicha, ¿por qué continuó utilizándose el nombre de San Luis? Esa pregunta ocupa una parte importante del libro y también de las investigaciones posteriores.
Lo primero que debemos observar es cómo se denominaba realmente este lugar en la documentación histórica. Cuando revisamos documentos coloniales, relatos de viajeros y referencias administrativas, advertimos que en la enorme mayoría de los casos este territorio no aparece mencionado como San Luis, sino como La Punta.
La Punta no designa una ciudad: designa un territorio, una región, una zona geográfica. Según algunos autores, entre ellos Lallemant, el nombre estaría vinculado originalmente al cerro ubicado en la zona del actual Potrero de los Funes. Con el tiempo, esa denominación se fue ampliando hasta abarcar una región cada vez más extensa y finalmente terminó identificando a todo el territorio provincial.
Por eso, durante mucho tiempo, quienes transitaban por esta zona hablaban de La Punta. No hablaban de una ciudad, sino de una región. Si existía una ciudad importante y plenamente desarrollada, lo lógico sería encontrar una presencia mucho más marcada de esa denominación en la documentación. Sin embargo, ocurre lo contrario: predomina la referencia territorial.
De allí proviene también nuestro gentilicio. Somos puntanos porque pertenecemos a La Punta, es decir, a un espacio geográfico determinado. La palabra puntano remite originalmente al territorio antes que a la ciudad.
La “ciudad virtual”
Ahora bien, esto nos devuelve a la pregunta inicial: si predominaba la referencia a La Punta, ¿por qué el nombre San Luis nunca desapareció?
La explicación está vinculada a los intereses que existían detrás de la fundación atribuida a Luis Jufré. ¿Qué buscaban realmente Jufré y algunos de los personajes más influyentes de Santiago de Chile? A mi entender, buscaban consolidar un espacio desde el cual controlar una enorme población indígena y facilitar su traslado hacia Chile.
Ese era el objetivo principal. La región poseía una importante población indígena y representaba una reserva de mano de obra valiosa para la economía chilena. Por eso resultaba conveniente mantener la existencia formal de una ciudad. No necesariamente una ciudad real. Bastaba con una ciudad reconocida en los papeles.
Mientras existiera esa ficción administrativa, podían sostenerse mecanismos de control sobre las encomiendas y sobre la circulación de indígenas. Por eso sostengo que, después de la partida de Luis Jufré, lo que existió fue una especie de ciudad virtual: no una ciudad en el sentido urbano del término, sino una ciudad administrativa que sobrevivía en la documentación y en las prácticas burocráticas.
La ciudad existía en Santiago de Chile. Existía en los expedientes, en los nombramientos y en los negocios. Pero no existía como núcleo urbano efectivo en este territorio. Incluso encontramos situaciones muy llamativas: se nombraban funcionarios vinculados a San Luis que jamás habían estado aquí. En algunos casos ni siquiera conocían personalmente la región.
En este contexto aparece nuevamente Andrés Fuenzalida y Guzmán. Él no había integrado la expedición original de Luis Jufré. Sin embargo, terminó desempeñando funciones relacionadas con San Luis y fue nombrado corregidor. No voy a negar que se trataba de una persona muy capaz: era talentoso, hábil para la negociación y con influencia considerable en los círculos políticos de Santiago de Chile. Pero también participó de un sistema que utilizó la referencia a San Luis para sostener determinadas prácticas económicas, entre ellas la extracción y traslado de indígenas.
Los santiaguinos no eran los únicos interesados en acceder a esa mano de obra. También existían intereses provenientes de Mendoza, Córdoba y otras jurisdicciones vecinas. Por eso surgieron numerosos conflictos. Las autoridades chilenas intentaron limitar el ingreso de personas de otras ciudades para capturar indígenas en esta región, pero esas prohibiciones rara vez fueron respetadas.
Los hombres eran separados de sus comunidades y obligados a cruzar la cordillera para trabajar en Chile. Muchas veces eran utilizados como mano de obra en condiciones extremadamente duras. Y con frecuencia se trasladaba también a sus familias para impedir que intentaran escapar. Todo esto formaba parte de una realidad que hoy conocemos mucho mejor gracias a la documentación disponible. La ruta que existía antes de la ciudad
Hay otro aspecto que suele generar confusión. Si no existía una ciudad consolidada, ¿por qué aparecen tantas referencias a este territorio en documentos, relatos de viajeros y registros comerciales? La respuesta es sencilla: porque aquí sí existía algo muy importante. Existía una ruta comercial de enorme relevancia, incluso antes de la llegada de Luis Jufré.
Muchas veces la presencia de esa actividad económica llevó a algunos investigadores a suponer que necesariamente debía existir una ciudad. Pero no son cosas equivalentes. Puede haber circulación comercial intensa sin que exista un núcleo urbano consolidado. Y eso fue lo que ocurrió en esta región.
El camino que atravesaba estas tierras formaba parte de una red comercial fundamental para los territorios del sur del continente. Por aquí circulaban mercaderías procedentes de Chile. Transitaban caravanas que se dirigían hacia Mendoza, San Juan, Córdoba y Buenos Aires, y también productos destinados al Alto Perú.
Por eso encontramos tantas referencias a parajes, estancias y puntos de descanso distribuidos a lo largo del camino. Lo que existía era una intensa circulación. Lo que no existía era una ciudad consolidada. Distinguir entre ambas cosas resulta fundamental para comprender correctamente los orígenes históricos de San Luis.
El bajo y la ciudad antigua
Otro aspecto que suele generar confusiones es la referencia al bajo. Muchos habrán leído expresiones como “la ciudad se fundó en el bajo” o “la primera ciudad estuvo en el bajo”. Sin embargo, pocas veces se explica correctamente qué era el bajo.
El bajo era toda la zona comprendida entre el borde de la barranca y el río. Era un área amplia, sometida periódicamente a inundaciones importantes. No estamos hablando de pequeños anegamientos, sino de crecidas que podían alcanzar varios metros de altura. Las corrientes golpeaban con enorme fuerza determinados sectores del terreno y modificaban constantemente el paisaje.
Por eso resulta difícil sostener la idea de que una ciudad pudiera establecerse allí de manera estable. De hecho, cuando observamos la cartografía histórica encontramos algo revelador: no había población permanente en el bajo. La ocupación sistemática de esos espacios es un fenómeno mucho más reciente. Durante siglos se evitó construir allí precisamente por las dificultades que planteaban las inundaciones.
A partir de estos elementos intenté reconstruir cómo pudo haber sido la ciudad organizada por Marín de Poveda. Por supuesto, se trata de una reconstrucción histórica basada en documentación y referencias disponibles, pero permite comprender mucho mejor la lógica del poblamiento de aquella época.
Estancias, dormidas y parajes históricos
Existe otro problema que debemos considerar. Si Luis Jufré no fundó una ciudad y si durante mucho tiempo no existió un núcleo urbano consolidado, ¿por qué aparecen tantos lugares mencionados en la documentación? ¿Por qué encontramos referencias permanentes a estancias, parajes, postas y sitios de descanso?
La respuesta es que aquí sí existía una infraestructura vinculada al tránsito comercial. Existía un camino muy activo. Y ese camino generó una geografía histórica propia.
A lo largo de la ruta encontramos numerosos lugares que aparecen reiteradamente en la documentación: la Estancia Grande, la Dormida del Carrizal, el Talar, Las Peñuelas, La Arboleda y La Isla, también mencionada como Valle de la Isla.
Todos estos lugares estaban conectados por el camino comercial. Había tránsito permanente, viajeros, comercio, movimiento de ganado y mercancías. Existían estancias, puestos y parajes de descanso. Lo que no existía era una ciudad en el sentido urbano que damos hoy a esa palabra. Por eso es importante no confundir la existencia de actividad económica con la existencia de una ciudad.
La ruta existía. El comercio existía. La circulación de personas existía. Pero una ciudad requiere otros elementos. Y justamente esa diferencia permite comprender por qué la verdadera consolidación urbana recién se produce con la intervención de Tomás Marín de Poveda.
Una nueva mirada sobre los orígenes
Hemos tratado de presentar, aunque sea de manera sintética, los principales resultados de una investigación que llevó muchos años. Y quiero aclarar algo: cuando publiqué el primer libro no quise cerrar definitivamente todas las posibilidades de interpretación.
Dejé abierta la posibilidad de que hubiera intentado fundar una ciudad y que ese intento simplemente hubiera fracasado. Era una hipótesis razonable en aquel momento.
Sin embargo, los años posteriores de investigación me llevaron a revisar esa posición. La documentación que fui encontrando me convenció cada vez más de que la prioridad de Jufré no era fundar una ciudad, sino garantizar el acceso a la población indígena de la región.
De todas maneras, más allá de las diferencias interpretativas que puedan existir, creo que el aspecto más importante de este debate no es determinar si una fecha debe reemplazar a otra. La cuestión de fondo tiene que ver con la forma en que investigamos nuestros orígenes, con la posibilidad de comprender cómo surgió realmente nuestra sociedad, cómo se organizó el territorio y cómo fueron apareciendo las instituciones que todavía hoy forman parte de nuestra identidad.
Cuando los estudiantes, investigadores o cualquier persona interesada en la historia local intentan comprender de dónde vienen nuestros edificios históricos, nuestras instituciones religiosas, nuestras formas de organización social o nuestras actividades económicas, necesitan respuestas concretas. Y muchas veces esas respuestas no podían encontrarse dentro de la explicación tradicional…
Lo que fui descubriendo es que muchas de esas respuestas sí existen. La documentación está. Hay una enorme cantidad de información disponible. Y a partir de ella es posible reconstruir con bastante precisión quiénes vivían aquí, dónde se establecieron, qué actividades realizaban, cuáles eran sus vínculos familiares y cómo evolucionaron con el paso del tiempo. Gran parte de ese material formará parte del próximo libro.
Considero que este debate sigue siendo importante. No solamente por la cuestión de la fundación, sino porque nos obliga a replantear muchas preguntas sobre nuestros propios orígenes. Muchas gracias.w








