Una sola cosa vale la pena

Comienza nuestra cobertura mundialista. El Diario Todo Un País y Radio Dimensión se instalan en México y luego en Estados Unidos.
10 de junio de 2026
Butaca numerada. Todo Un País, tiene su lugar reservado en el estadio Azteca

Será un Mundial particular para Argentina. Claro, todos lo son. Pero este es el posterior a la consagración y tercera estrella en Qatar, a la corona que ungió a Messi como lo que ya era, el Mejor entre los mejores. Será único. Se desarrollará en tres países y nunca antes compitieron 48 seleccionados.

En la era de los datos, de los estímulos y de likes casi cabalgando encima de cualquier otra consideración, este Mundial requiere poner la mirada en la condición de ser humano, en lo que nos emparenta y nos relaciona con las emociones del director técnico, del jugador, del dirigente y, siempre, del hincha.

Cualquier futbolista que llega la máxima cita de este deporte global, siempre va a sus raíces. Y eso nos pone a todos en un escenario parecido. Podremos vestir de pantalones cortos, pero no estaremos moviendo emociones en el césped.

Sin embargo, en un llano muy similar, los periodistas y/o comunicadores tendremos la dicha de contar el Mundial. Y lo fundamental está en el origen. En regresar a las raíces.

Al partido, a los partidos, los vivimos todos, aunque con una mirada distinta. Hay mucha información y a cada segundo pantallas que captan la atención. También, como un deber, está el compromiso de generar atención desde lo que podemos profundizar. Un Mundial de Fútbol es mucho más que un espectáculo deportivo.

Una Copa del Mundo, del más popular de los deportes, es una expresión cultural, artística y deportiva descomunal. Serán 40 días en los que la guerra parecerá ser parte de otra vida y de otros tiempos (aunque las verdaderas guerras a favor de la educación y de la salud nunca se detengan), donde los credos religiosos levanten un mismo rezo, y el crisol de razas se mezcle es un único y fraternal abrazo, pese que al final de la tarde unos lloren lágrimas de felicidad y otros de penas futboleras.

Los ricos muy potentes y los pobres muy desprotegidos se cruzarán en las calles del planeta y saltarán y compartirán, juntos y por un mismo color de camiseta de una Nación, como no pasa por ninguna otra razón.

Solamente el fútbol lo genera. Debieron pasar 36 años para que en nuestro país todos quisiéramos lo mismo, nos doliera lo mismo y atesoráramos los mismos anhelos. No sucedía desde México 1986, cuando Diego levantó la Copa. Volvió a pasar en Qatar 2022, con Leo subiendo al cielo de los Dioses del Fútbol. Solo el fútbol (sin escala de valores ni valoración); solamente el fútbol lo puede generar. El fútbol nos cohesiona como una identidad.

“Con las ganas de la primera vez, con la emoción de siempre”, decía el maestro Osvaldo Alfredo Wehbe. Con esa sentencia del “Turco”, abrigo la pasión por este oficio de periodista, que espero transmitirles en cada línea, en cada pensamiento y en cada palabra.

Llego a la máxima cita del universo, vestido con medias celestes y blancas, las que usaba a los 10 años en la canchita del barrio, cuando apenas escuchaba de la estrella conseguida en el Mundial 1978.

Traje en el bolso una estampita de la Virgen de la Cobrera, y otra de Don Bosco y la Virgen María Auxiliadora. No son cábalas, Es protección.

Cábalas también tengo. Son cuatro mil millones de costumbres. Lo mismo que le pase a usted, que te pasa a vos. Vuelvo al origen. Me veo corriendo, disfrutando y haciendo un gol cada tanto…

Siempre me veo alegre y andando por el camino, por el camino que toque. Y siempre ustedes, mis amigos lectores, oyentes y televidentes están ahí, como único motivo por el que todo tiene sentido.

Hay colegas, directivos de los medios en los que tengo la fortuna de expresarme, gente que toma decisiones, amigos y gente de a pie que me estimulan, que le dan alas a la ilusión.

Hace largo rato, ya son 51 años que no juego solo. A mi equipo lo conforma y lo confirma mi familia, todos y cada uno de ellos. Desde hoy volvemos a salir a la cancha. Vamos juntos, vestidos con medias celeste y blancas, con la sonrisa plena y una certeza, una única certeza: soñar vale la pena.

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