El 11 de marzo de 2020 la Organización Mundial de la Salud declaró al COVID 19 como pandemia. Fue el incio deun derrotero que seguiría días más tarde con el Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio (ASPO) decretado .
Desde la medianoche del 19 de marzo, nadie podría circular: todos debían quedarse en sus casas.En pocas horas el país cambió. Las persianas de los comercios bajaron, los colectivos circularon casi vacíos y las plazas quedaron desiertas. El ruido habitual de las ciudades se apagó y la vida cotidiana quedó suspendida en un silencio inédito.
La cuarentena, que en principio iba a extenderse hasta el 31 de marzo, terminó prolongándose durante meses. Las restricciones se fueron renovando a medida que avanzaban los contagios y recién el 20 de diciembre de ese año el ASPO dio paso al Distanciamiento Social Preventivo y Obligatorio (DISPO).
El contexto mundial era incierto. El nuevo coronavirus, detectado por primera vez a fines de 2019 en la ciudad china de Wuhan, se propagaba a gran velocidad y todavía no existían vacunas ni tratamientos específicos. Las noticias sobre contagios y muertes crecían día a día, mientras científicos de todo el mundo trabajaban contrarreloj para entender el virus y desarrollar herramientas para enfrentarlo.
La medida obligaba a suspender actividades laborales, educativas, culturales y recreativas, además de restringir la circulación en espacios públicos. Solo podían movilizarse los trabajadores considerados esenciales, entre ellos personal de salud, fuerzas de seguridad, servicios básicos, transporte, medios de comunicación y comercios vinculados a alimentos, medicamentos y otros insumos indispensables.
La pandemia dejó una huella profunda. Según datos oficiales, en la Argentina se registraron más de 10 millones de casos de COVID-19 y más de 130 mil muertes. A nivel global, los contagios superaron los 776 millones y las víctimas fatales fueron 7 millones.