El defensor de Correa Otazú dijo que la droga que le hallaron al abogado era para consumo personal

Vicente Cuesta, el representante del letrado procesado, afirmó que la cocaína que encontraron en la casa de su cliente no llegaba ni a los 18 gramos. Sostuvo que no tiene grandes bienes que lo posicionen como el jefe de una banda narco.
6 de septiembre de 2025
El letrado Emmanuel Correa Otazú (izquierda) y su presunto socio Emmanuel Julio Andino, antes de ser trasladados al penal de San Luis.

Se acabaron los trajes, las camisas, los zapatos de cuero puntiagudos y las corbatas. El estar sentado en la comodidad del sillón de un estudio jurídico, desordenado, pero rodeado de libros sobre el Derecho. Hasta se terminó el glamour que quizás un poco le salpicó su madre, la reconocida locutora de Villa Mercedes, Edith “Tití” Otazú y ni hablar de su hermano, Rodrigo, que se codeó con cantantes y actrices de Hollywood, del calibre de Madonna, Lady Gaga, Britney Spears, Jennifer López, Sarah Jessica Parker, que lo elegían por el diseño de sus joyas. Ya nada de eso quedó. Ahora Emmanuel Correa Otazú está del otro lado. Detrás de las rejas. Ahí donde solían estar sus clientes: los reclusos. Personas que terminaron allí porque la Justicia presume que son delincuentes o porque lo son verdaderamente. El letrado es, ahora, uno de ellos.

Ya no hay comodidades, solo paredes grises, una cama dura, la misma comida para él y todos los demás y un nuevo mundo al que deberá acostumbrarse: el mundo de los que perdieron la libertad porque violaron la Ley.

El abogado fue detenido el viernes 29 de agosto, en su domicilio de Juan W. Gez 80, presuntamente por vender drogas en su casa, donde a su vez tenía su estudio jurídico. Las pruebas le indican al fiscal federal Danilo Miocevic que allí el letrado recibía a todos sus clientes, esos que iban por su asesoría legal y también los otros, los que se acercaban por “la merca”.

Hasta el jueves estuvo en el calabozo de una comisaría de Villa Mercedes. Ese día el juez federal Juan Carlos Nacul dio a conocer su resolución sobre el delito que le endilgan a Correa Otazú y sus dos supuestos socios, Laura Susana Fonseca y Emmanuel Julio Andino, los procesó por comercializar estupefacientes, los envió a la Penitenciaría de San Luis y, encima, los embargó a cada uno con 41.600.000 pesos.

Laura Susana Fonseca, de 20 años, actuaba de «mula». Transportaba la cocaína de Córdoba a Villa Mercedes.

Pese a todo, Vicente Cuesta, el nuevo defensor del letrado, pues Correa Otazú llegó a cambiar de representante dos veces en un par de días, insiste con que su cliente no tenía un “kiosco de drogas” montado en su domicilio y estudio jurídico.

En la casa del abogado detenido el personal de Lucha Contra el Narcotráfico le incautó: un envoltorio con casi seis gramos de cocaína, trece envoltorios con esa droga, con un pesaje de 12,1 gramos, otra bolsa hermética con restos de cocaína, 13 bolsitas con restos de esa sustancia, otros tres paquetitos, dinero en efectivo en pesos, dólares, euros, reales y otras monedas extranjeras y dispositivos, como celulares, pendrive, entre otros elementos.

Al respecto, Cuesta dijo que “el secuestro en la casa no llega ni a los 18 gramos” y enfatizó que su representado no se dedica a la venta de drogas, sino que es solo un consumidor. Tampoco dispone “de grandes bienes, ni grandes sumas de dinero que lo vinculen como jefe de una banda”, aseguró.

Cuesta explicó que, desde el procesamiento, cuentan con tres días hábiles para apelar y eso hará. Adelantó que presentará un recurso de apelación y solicitará la excarcelación de su defendido.

Por último, subrayó que no existe un nexo entre Correa Otazú y las otras personas detenidas en la causa, que lo liguen a la comercialización de estupefacientes. Esa última afirmación contrasta con las escuchas telefónicas que el fiscal federal recolectó tras más de un año de averiguaciones, alguna de las cuales fueron plasmadas en la resolución de Nacul.

 

––Me quieren comprar tres mil gramos, ¿a cuánto se los dejo? ––le preguntó F., una mujer.
––No sé, manejalo, manejalo––respondió el abogado.
––Son tres mil, son tres de las cosas que hay ahí––dijo ella.
––Ah bueno, mandale, mandale––contestó él.
––¿A cuánto se lo dejo Ema? Yo no tengo ni idea, cuánto quieren de ganancia––consultó la mujer.
––Preguntale al Ema––le ordenó Correa Otazú.
––Ahí hablo con él––dijo F.

 

El viernes 29 de agosto, el mismo día que fue aprehendido, el abogado fue indagado y declaró. Habló mucho, pero pocos le entendieron su verborragia desenfrenada. Entre todo lo que dijo aseguró que la mujer con la que hablaba allí era solo una amiga. En otro pasaje de la resolución judicial, hay otra escucha telefónica, del 5 de agosto del año pasado, en la que habla con la misma persona.

 

––A las tres de la tarde nos reunimos con los locos estos para vender la tuya––le cuenta F.
––Sí, eso me dijo más o menos el otro. Ya te voy a hacer escuchar los otros mensajes––respondió el acusado.
––Yo fui, me arriesgué, los vi en persona. Hablé con ellos en la plaza Sarmiento Les mostré, les di de fumar a todos. Quedaron fascinados. Así que joya. Sino fuera por mí el negocio no está hecho––dijo ella.
––Si, sería un golazo. Vas a ser bien reconocida––expresó el abogado.
––Dos millones trescientos le saqué––manifestó F. orgullosa.

 

Ocho días después tuvieron otra llamada en la que F. le expresa su preocupación a Correa Otazú porque “los 50 gramos de marihuana” que tenía en su casa y eran del otro procesado, Andino, se los habían robado. Fue, entonces, cuando el letrado procesado por comercializar estupefacientes preguntó si solo le sustrajeron “treinta bagullos de los cincuenta que tenía”. También le respondió que él sabía perfectamente dónde vivía la persona que se los había robado.

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