Potrero de los Funes es, desde hace décadas, una de las postales turísticas más reconocidas de la provincia. El lago, las sierras y el circuito que lo rodea forman una escena que eligen familias, visitantes y vecinos para pasar la tarde, hacer actividad física o simplemente disfrutar del paisaje. Pero esa misma postal viene quedando opacada por un fenómeno que crece fin de semana tras fin de semana: el descontrol en dos ruedas.
En la tarde de los sábados y domingos, especialmente con buen clima, el circuito se convierte en un punto de concentración de cientos de motos conducidas casi en su totalidad por adolescentes y jóvenes. Muchos circulan sin medidas de seguridad adecuadas, sin patente visible o con acompañantes sin casco. Pero lo que más alarma es la sucesión de maniobras peligrosas que realizan en plena calzada: “caballitos”, frenadas bruscas, zigzags a alta velocidad y pruebas de equilibrio que ponen en riesgo su integridad y la de los demás.
Las imágenes registradas estos días —jóvenes levantando la moto en una rueda frente al tránsito, caídas que terminan con raspaduras y golpes, grupos enteros detenidos en las banquinas alentando las maniobras— muestran con crudeza una situación que ya dejó de ser un episodio aislado para transformarse en una rutina preocupante.
El escenario resulta especialmente riesgoso porque el circuito no es una pista cerrada ni un espacio preparado para prácticas acrobáticas: se trata de una vía que utilizan familias, turistas, deportistas y automovilistas que circulan sin imaginar que, en cuestión de metros, pueden encontrarse con una moto atravesada haciendo equilibrio sobre la rueda trasera.
El peligro es real y cotidiano. Quienes transitan la zona describen maniobras violentas a escasos centímetros de los autos en marcha, motos que pasan entre vehículos como si se tratara de obstáculos y jóvenes que se caen sobre el asfalto sin que nadie intervenga de inmediato. En no pocas ocasiones, los mismos adolescentes se levantan solos, vuelven a subirse y continúan la “exhibición”, como si fuera parte del ritual de la tarde.
Mientras tanto, las familias que habitualmente eligen Potrero para disfrutar del fin de semana se ven obligadas a maniobrar con extrema precaución, reducir la velocidad y lidiar con un tránsito imprevisible. El entorno que debería ser un espacio de descanso se vuelve un ámbito de tensión permanente.






















