Femicidio por venganza: prisión perpetua para Díaz por matar de 25 puñaladas a Anahí Robledo Yuvero

5 de diciembre de 2025
Amado Raimundo Díaz, de 59 años, después de declarar. (Foto: Marina Rubio).

Amado Raimundo Díaz lloró varias veces este viernes. La mayoría de las ocasiones las fugaces lágrimas aparecieron cuando nombraba a Anahí Robledo Yuvero, a quien llamaba por su segundo nombre, Micaela. Y le arribó el llanto por última vez cuando insistió en que es «totalmente inocente» de haber asesinado de 25 puñaladas a Anahí, de solo 17 años. Si hubiera conocido de antemano el veredicto que dictó el tribunal de Villa Mercedes que lo juzgó las últimas semanas por ese cruento crimen, hubiera llorado un mar de lágrimas. Lo condenaron a prisión perpetua por «homicidio triplemente calificado por ensañamiento, alevosía y venganza transversal»; es decir, al igual que la fiscalía los jueces concluyeron que el hombre mató a la adolescente para vengarse de la madre de ella, porque la mujer había terminado su relación amorosa con él.

Unas horas antes, durante los alegatos de clausura, los fiscales Ernesto Lutens y Leandro Estrada, al igual que la abogada de la familia Yuvero, Laura Rodríguez, solicitaron, en realidad, la reclusión perpetua. Aunque parezca que no, existe una sutil y cuantitativa diferencia entre la prisión perpetua y la reclusión perpetua. La primera pena tiene un máximo de 35 años de cárcel y la segunda, puede extenderse indefinidamente más allá de los 35.

Tras la lectura del fallo, estallaron las lágrimas en la sala de Juicio Oral 1, de un lado y del otro. Lloraban los familiares de Díaz, ubicados detrás del ahora condenado. En el costado opuesto del recinto, el derecho, rompieron en llanto algunos parientes de la chica asesinada. A los pocos minutos, explotó la bronca, en el exacto momento que el femicida se levantó para despedirse de su familia y ser esposado.

«¡Elisa, hay un Dios! ¡Hay un Dios por mandar a la cárcel a una persona inocente!», una mujer le dijo en voz alta a Elisa Yuvero, la madre de la víctima. No respondió, quien sí lo hizo fue la actual pareja del padre de la adolescente. «¡¡Te tenés que pudrir en la cárcel, hijo de p…!!», le gritó, roja de tanto llorar.

La audiencia empezó cerca de las 11. A diferencia de las otras jornadas, en el recinto no cabía un alfiler. Antes de que el ahora condenado de 59 años declarara, su abogado, Bautista Rivadera, dedicó un extenso tiempo para solicitar la nulidad de una prueba, en concreto unos videos que, según él, fueron manipulados por la Policía. Del otro lado, Rodríguez le anticipó que denunciará al letrado por «estafa procesal», un delito que vendría a ser como engañar a un juez, una jueza o un tribunal. La abogada querellante remarcó que el defensor pretendía introducir un pendrive cuyo origen es desconocido, con «vaya a saber qué contenido» a esta altura del juicio.

El presidente del tribunal Mauro D’Agata Henríquez anunció que se expedirían respecto a ese planteo de nulidad antes de dar su fallo. Previo a dictar su veredicto, Rivadera recibió otro revés. Los magistrados le rechazaron su solicitud porque no era pertinente hacer tal requerimiento en este estadio final del debate oral, argumentaron.

Luego, sin perder más el tiempo, Díaz dio su versión de lo que pasó el 23 de mayo del año pasado. Declaró casi una hora. Pero, seguramente por recomendación de su abogado, no se animó a responder las preguntas de los fiscales y la abogada querellante, solo contestó las consultas de su defensor.

La primera pregunta de Rivadera fue: «¿quién sos, Amado?». El hombre contó que siempre fue un trabajador, jamás tuvo un problema con la justicia y que todas sus relaciones amorosas terminaron bien. «Siempre que vuelvo a Buenos Aires me han recibido muy bien», comentó porque él es del partido bonaerense de Avellaneda.

Después habló sobre su vínculo con Elisa Yuvero. Dijo que duró aproximadamente un año. «Al principio era lindo, pero después era como que éramos el agua y el aceite», expresó. Relató que él quería salir, compartir momentos en familia y la mujer, en cambio, no. Según él, estaba muy entregada al trabajo y era «como que se ocultaba».

—¿Cómo era tu relación con los chicos, los hijos de ella? —consultó su representante.

—Muy buena. Vicente estaba en San Luis. Santiago vivía encerrado en su habitación, solo salía a buscar el desayuno y la madre le llevaba la comida. Y con Micaela era perfecta. Yo cocinaba y ella tenía una botellita con brillitos. Me la pasaba por la cabeza. Yo sabía lo que le gustaba. Su madre me decía que la estaba malcriando. Tengo una hija de la misma edad —dijo, se tapó la cara con las dos manos y lloró.

Tras una pausa de algunos minutos, siguió. Detalló que la relación con los padres de Yuvero era también excelente. Afirmó que muchas veces los acompañó a los médicos, porque la mamá de Anahí no tenía tiempo. «Cristina (la madre de Elisa) me mandaba mensajes diciéndome que nunca se iba a cansar de agradecerme todo lo que yo había hecho», agregó.

Díaz dijo, a diferencia de todo lo ventilado en el juicio, que fue él quien decidió terminar la relación, porque los dos querían algo diferente. Pero, según él, unos días antes del crimen, cuando guardaba su auto en la cochera, la mujer lo llamó a los gritos y le aclaró que «no estaba terminado» el vínculo entre ellos. «El tiempo lo dirá», afirmó que le contestó él.

—Vamos al 23 de mayo (de 2024), ¿Qué hiciste ese día? —le planteó su defensor.

—Esa mañana, a las 5:30, salgo. Después de cortar con ella (una llamada con Elisa). Hacía un largo tiempo que no hablábamos —respondió.

No explicó por qué la mujer lo contactó, pero sí que luego de eso se fijó si en la casa de ella si estaba su auto. Sacó su Peugeot blanco y salió camino al centro de la ciudad. Admitió que fue al gimnasio donde trabaja su ex, pero no aclaró por qué. «Estuve en una esquina con el coche y me volví. Llegué a mi casa. Tomé unos mates y guardé el auto porque todavía estaba oscuro», relató.

Dijo que permaneció un rato en el departamento que alquilaba en el barrio Jardín del Sur. Luego, sin especificar la hora, se fue en su Peugeot a un banco porque tenía que retirar un dinero para su hija. Según su testimonio, no dejó de salir y volver a su domicilio en su vehículo esa mañana. Una vez lo hizo con una bolsa para llevar su ropa a la lavandería del barrio, donde siempre la llevaba. Después señalo que fue a cargar combustible a una estación de servicio, casi a las afueras de la ciudad, porque quería llevarle unas botas a una chica humilde que había visto ahí una vez.

Relató que Yuvero la llamó esa tarde, cuando él tomaba unos mates. «¡Ayudame, vení ayudame! ¡La nena, la nena!», le habría dicho la mujer. «Veo que viene con el teléfono en la mano. Me cruzo para la casa y veo a la chica», narró, se le afinó aún más la voz, se lo oyó llorar y se cubrió el rostro con las manos.

«Intenté levantarla, pero no podía. Ella (Elisa) había salido», contó. La mujer volvió con una ambulancia. El médico del Sempro le tomó el pulso a la chica y «dijo que estaba fallecida». Narró que salió al patio delantero de la vivienda para avisarle a su ex que su hija estaba muerta y ella le pidió una silla. Después él se fue a pie a la comisaría, que está a dos cuadras de allí, a pedir ayuda.

Empezaron a arrimarse algunos vecinos y en un momento vio una camioneta EcoSport. Del vehículo bajó Javier Robledo, el padre de la adolescente. «¿Qué pasó? ¿qué pasó?», exigió respuestas Robledo a Yuvero. «No sé, no sé», le contestó ella. «Él se quiso meter en la casa, forcejeó con la Policía y entró. Después salió enfurecido y le dijo a ella (la madre de Anahí): ‘Esto es culpa tuya'», aseguró. Narró que luego el padre de la jovencita encendió un cigarrillo, se puso a fumar y empezó a caminar.

Díaz afirmó que estuvo ahí unos cinco minutos más y regresó a su casa. «No podía creer lo que había pasado», comentó. Refirió que a las 18:30 le golpeó la puerta el dueño del departamento junto a dos personas, que dijeron ser del Departamento de Investigaciones (DDI). Aseveró que uno de los policías le preguntó si sabía algo sobre el crimen. «Uno se sentó en la silla, donde estaba la campera», indicó. Se refería a la prenda que le secuestraron horas después con sangre de la víctima.

Relató que desde que fueron esos efectivos no pararon de entrar y salir policías. Según él, le preguntaban, «¿sabes algo de algún noviecito (de Anahí)?» y llegó a decir que uno lo encerró en el baño. «Ya está todo que fuiste vos. Vos tenés que decir que en ese momento ‘perdí el control'», aseveró que le recomendó uno de los oficiales. Señaló que los uniformados no paraban de mirar y examinar cada rincón de su departamento y que uno hasta le pidió alcohol.

«Al celular me lo sacó para evitarme futuros problemas y me empezó a revisar el teléfono», contó. Manifestó que desde que arribaron los efectivos se sintió privado de la libertad. y remarcó que recién a la medianoche se enteró de que comenzarían formalmente a allanarle la casa.

Entraban y salían policías y llegaron los fiscales, aseveró. En un determinado momento de la madrugada lo subieron a una patrulla y le dijeron que lo conducirían a una comisaría. Pero jamás lo esposaron. «En la comisaría me hicieron firmar un papel, me sacaron unas fotos y le dieron mis cosas a mi hija», contó sobre cómo quedó detenido.

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